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Nacido y educado en España, he vivido durante muchos
años en
Canadá y en Estados Unidos. Soy un fanático de la Historia,
particularmente de España y de las culturas clásicas de Grecia
y Roma.
Otra de mis aficiones es la poesía.
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España es diferente. Esta frase, tan frecuentemente utilizada para promover el turismo, es toda una definición. España posee marcadas diferencias interregionales, debidas en gran parte al desarrollo de multitud de reinos y regiones dentro de la Península, a lo largo de muchos siglos de luchas internas o contra enemigos comunes. Estas diferencias de tradiciones, culturas, lenguaje, etc., aunque marcadas, sin embargo nunca han constituído una barrera suficientemente importante como para negar o disminuir la entidad national. Los españoles han sido siempre muy conscientes de su vocación nacional. Desde el himno patriótico de San Isidoro, hasta el canto a España de Alfonso el Sabio, y a pesar de las divisiones creadas por las vicisitudes históricas, la conciencia de ser español ha estado viva a lo largo de la Historia. Otra diferencia más fundamental es la que separa a España de los otros países de Europa. ¿A qué se debe o dónde se origina esa diferencia? Quizá debemos buscarla en la invasión musulmana, que engendró un espíritu de lucha incesante, con una meta definida y concreta que persistió durante ocho siglos: El arrojar del suelo hispano a los invasores. Durante este largo período, la débil resistencia inciciada en las montañas del Norte, se agigantó al paso del tiempo, dando lugar a reinos poderosos. El español de la Edad Media fue consciente de su misión de cruzado. El monje y el guerrero, el hombre que reza y el que lucha, el que medita sobre la muerte y el que se enfrenta a ella en el campo de batalla. Durante ese tiempo España puso los valores ideológicos por encima de los valores materiales. Las ciudades se creaban no por interés comercial, sino estratégico. Tras la conquista de Granada por los Reyes Católicos, el futuro lógico hubiera requerido la continuación de la lucha en Africa. Portugal así lo entendió, aunque su colonización se limitara a las costas, sin apenas penetrar en el interior. España tenía poderosos enemigos al otro lado del Estrecho, y su aniquilación hubiera proporcionado un porvenir más seguro para la navegación y el comercio en el Mediterráneo. Sin embargo, el descubrimiento de América canalizó las energías de Castilla en otra dirección. En ambos lados del Atlántico el español del siglo XVI se creyó el brazo derecho de Dios, y contra toda la lógica política, prosiguió su misión religiosa y universal. Cuando a Felipe II le aconsejaron abandonar las lejanas Islas Filipinas, por razones económicas, su respuesta fue inequívoca: “Mientras exista un alma que convertir, allí permaneceremos”. En las Cortes de Castilla, tras el fracaso de la Armada Invencible, alguien aconsejó al mismo Rey abandonar la política europea, que tantas vidas y dinero habían costado a España. Pero otra voz se alzó, clamando: “Si lo que estamos tratando de hacer es defender la causa de Dios, y estoy seguro de esto, no debemos abandonar la empresa por imposible, porque El nos descubrirá otras Indias como descubrió a los Reyes Católicos cuando los necesitamos”. Durante el siglo XVI España desplegó un empuje dinámico que tiene pocos paralelos en la Historia. La incorporación del Nuevo Mundo a la civilización occidental se ejecutó en un período de tiempo increíblemente corto. Es difícil explicar cómo Aragón, que había desplegado energías enormes en la Edad Media, permaneció casi al margen de la empresa americana. España se desangró en los campos de Europa durante siglo y medio, y en el proceso se empobreció considerablemente. Las guerras de Flandes consumieron varias veces los tesoros traídos de las Indias. Pero esto no disminuía el aplomo y la decisión de continuar luchando por una idea que, aunque noble y desisteresada, había resultado un tanto anacrónica, sobre todo considerada desde el punto de vista de nuestra perspectiva. La lucha, sin embargo, no se desarrolló sólo en el campo de batalla, sino en las Universidades y en los libros. Es sorprendente la abundancia de escritores, la variedad de géneros, la originalidad de ideas, que proliferaron durante los dos siglos de la Edad de Oro. Y es una triste tragedia que en tiempos posteriores se echara en el olvido una cultura que fue imitada, copiada y envidiada por las naciones extranjeras. Yo me he propuesto aportar mi pequeña contribución a redescubrir tantos tesoros para aquellos que por falta de tiempo o de oportunidad no se han familiarizado con ellos. Estas páginas permanecerán en construcción indefinidamente, porque el campo es inmenso, y nunca podrá considerarse suficientemente expuesto.
Enero 1997