La pena capital: 
Una injusticia por partida doble 
Por Ariel A. Pérez 


La pena capital es muy popular en los Estados Unidos, donde más del 60% de los encuestados están a favor de la pena de muerte. Este apoyo tan abrumador está directamente relacionado con dos aspectos de la vida de los norteamericanos: a) el tipo de información que reciben cada día en los noticieros, recargados de crímenes, asesinatos y violaciones;  y b) la ignorancia que la población en general tiene sobre la forma como funciona el sistema de justicia criminal. 

    “En cuanto uno comienza a conocer el sistema de justicia criminal [de los Estados Unidos], uno ve que ir a prisión, y especialmente ser condenado a muerte, depende casi exclusivamente de los recursos legales y económicos que se tengan”, opina Helen Prejean, autora del libro sobre el que se basó la película Dead Man Walking (1996) --traducida al castellano como Mientras estés conmig-- . Para esta monja multifasética (maestra, escritora, disertante y organizadora comunitaria), abolir la pena capital en los Estados Unidos es tan importante como fue abolir la esclavitud en el pasado. 

    La “hermana Helen”, como se la conoce, fue la consejera espiritual de Patrick Sonnier, un homicida condenado a muerte en el estado de Louisiana en 1982 por asesinar a dos adolescentes. De esta relación con Sonnier surgió su libro, un testimonio espiritual y profundamente conmovedor sobre del sistema judicial criminal norteamericano. Su trabajo en este tema comenzó en Nueva Orleans en 1981, cuando aceptó formar parte de un proyecto de apoyo a condenados a muerte. Su primer trabajo fue mantener correspondencia con Sonnier. “Yo no sabía nada sobre este hombre, excepto una cosa: Si había sido condenado a muerte, seguramente era pobre, y como yo estaba en ese lugar para servir a los pobres, acepté. Y comencé a escribirle a esta persona, y él me contestó, y finalmente Sonnier fue la primera persona a quién vi ser ejecutada”. 

    La oposición de la hermana Helen a la pena capital se basa fundamentalmente en dos argumentos. El primero es que matar a un ser humano es un crimen, y es inmoral no importa si dicho acto está amparado por la ley o no. El segundo es que el sistema de justicia criminal está tremendamente influido por los prejuicios racistas de la sociedad norteamericana, especialmente en el criterio que se aplica en la selección de quienes serán enjuiciados con el objetivo de ser condenados a muerte. “La segregación racial es un problema de enormes proporciones aún hoy --dice--, y esto se ve en que el 83% de los blancos de este país vive en barrios donde hay menos de un 1% de negros. Y el domingo es el día más racista de todos los días de la semana, porque en vez de comulgar juntos en la fe y el amor, los blancos y los negros se separan”. 

    “En su mayoría es la gente pobre la que es puesta en prisión --afirma con un dejo de tristeza--. Es la manera como nuestra sociedad enfrenta el problema de la pobreza ”. Es en este aspecto del tratamiente de la problemática social en el que, según ella, entran en juego los políticos, y donde se desnaturaliza por completo el proceso de aplicación de la justicia. “Los políticos son los únicos que se benefician con la pena de muerte--dice--, porque la usan como una pancarta con la cual demostrar que son intolerantes cuando se trata de perseguir criminales”. 

     “La gente no tiene idea de cómo, la pena de muerte es una lotería --se lamente--. Esto se ve en el hecho de que de los 24.000 homicidios que se cometen en los Estados Unidos, tan sólo el 1%, es decir 240 de estos criminales, son condenados a muerte. Uno de los elementos funtamentales que motivan a un fiscal a procurar que un jurado condene a muerte a un criminal depende de la raza de la víctima. De los 240 condenados a muerte cada año, más del 85% cometieron el ‘error’ de matar a una persona blanca. Cuando muere un negro o un hispano, o un mendigo, o cuando alguna persona pobre es asesinada, los fiscales no tienen la misma motivación para pedir la pena capital, porque sus vidas no valen tanto, ellos son más desechables...”. 

    En su libro y en la película, la hermana Helen Prejean no plantea ningún tipo de visión romantica de los criminales. Ella busca exponer con angustioso estupor el dolor y el sufrimiento de todos los que tienen algo que ver con la pena capital: los criminales, los familiares de las víctimas, los guardias carcelarios y ejecutores, la sociedad toda. Para ella, la pena de capital es una injusticia por partida doble. 

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Last modified: March 1997