Nota: Este artículo fue publicado en la revista Vida Feliz, en Buenos Aires, Argentina en 1996.
Era la última hora de clase, y tenía que dedicarla a una entrevista personal con un alumno. Mi tarea era mantener una conversación con John que le permitiera expresarse lo mejor posible en castellano. Después de cinco meses de clases de gran intensidad, durante los cuales los estudiantes dedicaban entre ocho y diez horas por día a estudiar y practicar éste, su “segundo idioma”, John podía sostener charlas fluidas y hasta significativas.
—¿Qué hizo durante el día de
hoy? —comencé, procurando que practicara el uso de los tiempos pasados,
sin buscar mucha “profundidad intelectual”.
—...no sé... —suspiró, e hizo una larga pausa—.
Estoy muy cansado...*
Las seis horas anteriores habían sido muy intensas, y John necesitaba relajarse un poco, pero pronto recordó la mayoría de las actividades del día.
—...y tuvimos un debate dirigido sobre el tema “el sexo en la
televisión”.
—¿Cuál fue su posición en ese debate? —le
pregunté.
—Yo estuve a favor —respondió sin pestañar... lo
que no me sorprendió en lo más mínimo, conociendo
su actitud “libertaria” ante el mundo.
—¿Y cómo definieron el término “sexo”?
—No lo definimos —me dijo un tanto sorprendido—, porque esto
no representa ninguna diferencia en lo que al tema de fondo se refiere.
—¿Y cuál es el tema de fondo?
—Es el tema de la libertad de expresión. Yo creo que todas
las personas tienen el derecho de expresarse libremente sin que nadie las
censure, y esto incluye a las cadenas de televisión.
John no sólo estaba expresándose con mucha soltura
en castellano, sino también estaba exponiendo en su mayor expresión
el más tradicional de los ideales que los norteamericanos consideran
como un “pilar” de la sociedad.
—¿Y qué sucede con los chicos que pasan gran parte
del día frente al televisor? —pregunté procurando hacer que
su teoría entrara en contacto con la realidad de todos día.
—Lo que los chicos miren es responsabilidad de los padres —respondió,
usando un concepto muy en boga en estos días: “la responsabilidad
individual”—. Ellos deben controlar ese asunto.
—Sin embargo, desde un punto de vista práctico, el control
completo de los padres es imposible.
—Yo creo que si una cadena de televisión se pasa del límite,
la reacción del público en repudio a dicha acción
le sería contraproducente —dijo esgrimiendo el argumento de la “moral
del mercado”.
—Permítame darle un ejemplo de la vida real —insistí
procurando socavar la solidez de sus argumentos—. Hace poco, Calvin Klein
lanzó una cadena publicitaria cuyo estilo y mensaje cuasi-explícito
era el del cine denominado soft-porno. Los modelos no sólo se exponían
de manera más que seductora, sino que también respondían
a preguntas de doble sentido. Ahora, imagínese el caso de un chico
de diez años cuyos padres le permiten mirar el canal de los deportes
porque consideran que no representa ningún peligro para la salud
moral de su hijo. ¿Cuál sería la reacción de
ese padre cuando sepa que esa publicidad apareció durante la transmisión
del último campeonato de vóleibol playero?
—Este es el momento en el que la sociedad debe reaccionar de
tal manera que afecte a quienes participaron de la transmisión.
—Pero la realidad es que el canal deportivo no ha sufrido ninguna
pérdida de audiencia por ello, y Calvin Klein vio aumentada la demanda
de sus jeans de manera astronómica en el período en el que
dicha publicidad estuvo en el aire —dije con la satisfacción de
poseer un argumento irrefutable.
—No sé cómo solucionar ese tipo de problemas, pero
de lo que estoy seguro es que yo le tengo mucho miedo a la idea de una
persona que decida en mi lugar lo que puedo y lo que no puedo ver —me respondió
adjudicándome, con mucha elegancia, la idea de que yo apoyaba la
censura.
—Bueno —dije procurando recuperar mi posición ofensiva—,
sin duda que entre el idealismo abstracto de la libertad absoluta de expresión
y la tijera todopoderosa de una censor que se mueva entre las sombras,
prefiero su idealismo. Pero considere también que en una sociedad
motivada primordialmente por el lucro, los límites de “lo socialmente
aceptable” pueden ser transpasados con mucha facilidad.
—No comprendo...—dijo parpadeando con perplejidad. Por un momento
me pregunté si ésta era una “estrategia” para evitar mi argumentación.
Pero en realidad creo que su nivel de lenguaje era demasiado bajo para
comprender las abstracciones de mi argumento.
—Está bien, no se preocupe. Hablemos de otra cosa...
Después de todo, nuestra discusión nunca podría
resolver la coyuntura con que se afronta día a día Estados
Unidos: El uso la tan preciada Libertad como moneda de cambio de los mercaderes
del consumismo irrestricto, atizado éste por la ética mezquina
del trabajo y (d)el beneficio individual. La Libertad y la Etica como medios
para alcanzar el Bien Común, son ideas inconcebibles en este espacio
y tiempo de la Historia.
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*Las respuestas del alumnos fueron corregidas para esta publicación.