Nota: Este artículo fue publicado en dos partes en la revista Vida Feliz, en Buenos Aires, Argentina en 1996.
Primera Parte
Antes de llegar a los Estados Unidos, todos los inmigrante hemos aprendido sobre este país en la “Universidad de las Series de TV” y en el “Instituto de las Películas de Hollywood”. Allí, todos los norteamericanos decentes les tienden su mano de amistad a los negros y a los inmigrantes, y juntos luchan hasta vencer contra esos grupos minoritarios extremistas que intentan destruir la armoniosa convivencia de su “sociedad daltónica” (incapaz de ver las diferencias en el color de la piel de la gente), donde todos son iguales. Sin embargo, es más que sorprendente llegar al Gran País del Norte y tener que declarar la propia raza en cada solicitud de trabajo, o para abrir una cuenta bancaria, al ir al hospital, solicitar una tarjeta de crédito, o en cualquier circunstancia en la que uno provea algún tipo de información personal. Parece ser más que contradictorio el hecho de que para poder tenderle a uno su mano igualadora, la Justicia tenga que levantarse el velo que le cubre los ojos, y espiar escandalosamente.
La esquizofrenia racista
Pero con el paso del tiempo y el conocimiento de las condiciones en las que viven las minorías, uno llega a comprender las razones que han llevado a una sociedad racista y obsesionada con el racismo a tener estas actitudes un tanto esquizofrénicas.
El problema principal está en que, desde un comienzo, el racismo fue definido como un problema moral individual, reducido al nivel de lo que los blancos “piensan” sobre los negros. Pero en la década del 60 —como resultado de una serie de protestas contra la falta de acciones de parte de los gobiernos locales, estatales y federal—, el racismo se definió considerando la relación entre las acciones del gobierno —como la aplicación de justicia, entre otras cosas—, y su apoyo implícito a las estructuras socioeconómicas racistas del país. Entonces, el Gobierno Federal instituyó lo que hoy se conoce como la Ley de los Derechos Civiles, en la que se declara que los negros, y las demás minorías, tienen en efecto, tantos derechos como los blancos, según se había estipulado desde la firma de la Constitución. Esta ley, que hacía respetar la Constitución so pena de castigo bajo las leyes federales, trajo consigo una serie de programas que tenían el objetivo de darles a las minorías los medios necesarios para participar en la sociedad, de la misma manera como los blancos lo habían hecho desde siempre. Entre ellas, se creó el programa conocido como Afirmative Action (Acción Afirmativa). Lo que esta ley hacía era poner presión legal de carácter federal en todos los niveles gubernamentales y privados para que ninguna persona fuera discriminada (al solicitar trabajo, ingresar a una escuela/colegio/universidad, alquilar una casa, requerir atención médica en un hospital, etc.) a causa de su raza.
Una estructura social racista
Lo que esta nueva forma de afrontar el racismo hacía era “aceptar” oficialmente que la ausencia de las minorías en todos los aspectos de la vida social no se debía a la incapacidad o falta de disposición de éstas a participar, sino a la existencia de una estructura socioeconómica montada para que las minorías quedaran desplazadas. La Acción Afirmativa (AA) hacía que en una sociedad donde todos eran “iguales”, ya no sólo los blancos gozaran de privilegios como el acceso a la educación, la justicia, los préstamos bancarios, los medios de comunicación, etc.
Como consecuencia de la vigencia de la Ley de Acción Afirmativa por más de tres décadas, en los EE.UU. ha aumentado el acceso de negros, latinos, orientales y otras “minorías” como las mujeres, a puestos y áreas de trabajo “no tradicionales” para ellos, como cargos públicos, cátedras universitarias, cargos científicos y de ingeniería, y otros, así como a la vida de la clase media y sus “lujos”: el crédito, propiedades, educación, negocios, etc.
Si bien la Acción Afirmativa fue siempre cuestionada por los sectores más radicales de la derecha política y social, el paso del tiempo y los cambios de los vientos políticos e ideológicos y de las condiciones económicas, han traído un nuevo espíritu de intolerancia y racismo. No sólo se lanzan ataques contra las leyes y previsiones que facilitan el acceso de las minorías a las áreas tradicionalmente dominadas por los blancos, sino que también se oyen en los medios, discursos encendidos de tono racista imposibles de imaginar hace tan sólo unos pocos años.
Los medios de comunicación, que responden en su gran mayoría a los intereses de las minorías blancas tradicionalmente asociadas con el poder, no han hecho menos que difundir todo tipo de descontento contra la tradición progresista que dominó la escena política durante las décadas del 60 al 80. Y a pesar de que las estadísticas demuestran claramente que los objetivos de la Acción Afirmativa de nivelar las disparidades raciales y la discriminación, no han sido alcanzados ni remotamente, los medios están inundados por los pocos “ejemplos de discriminación a la inversa (contra los blancos en favor de las minorías)” que existen.
¿Los victimarios son las víctimas?
En la próxima entrega vamos a ver cómo la embestida conservadora a invertido el significado de los términos al punto de pretender demostrar que quienes gozan de todos los beneficios sociales y económicos disponibles, aparecen como las víctimas de las leyes antidiscriminatorias. Sirva como ejemplo el hecho de que si bien las mujeres, los negros y los latinos suman el 73.1% de la fuerza laboral, los hombres blancos poseen el 50% de las cátedras universitarias, son el 67% de los médicos, el 85% de los ingenieros, el 67% de los abogados, el 78% de los arquitectos... y la lista continúa. Pretender que la Acción Afirmativa ya no es necesaria, o que esta situación depende exclusivamente de los méritos de cada grupo racial o minoritario, es una forma más o menos sutil de afirmar que los hombres blancos son los únicos intelectualmente capaces de acceder a ellos. Uno se pregunta si la “discriminación a la inversa” realmente fuera un problema, por qué será que sólo el 3% de los reclamos por discriminación a nivel federal son hechos por hombres blancos.
(Leer la segunda
parte)