Nota: Este artículo fue publicado en la revista Vida Feliz, en Buenos Aires, Argentina en 1995.
Toqué la perilla, y el familiar “gong” me confirmó que el sistema de mi computadora Macintosh comenzaba a funcionar. Muy pronto, el resplandor del monitor iluminó la habitación. Con el “mouse”, dirigí el puntero hacia el ícono de mi servicio “on-line” e hice funcionar el programa... Estaba dando los primeros pasos por la Aldea Global. Vía módem y a través de la línea de teléfono, ingresé en la Súper Autopista de la Comunicación (Communication Superhighway), el último grito en materia de comunicaciones en el mundo desarrollado.
Esta tecnología fue desarrollada principalmente por el gobierno de los Estados Unidos en base al concepto de que el dominio de la tecnología y de las comunicaciones es el arma más poderosa para dominar el mundo. Por medio de ella se influye el pensamiento y se pone a disposición del mundo los “beneficios” del sistema político y económico de los países industrializados.
Desde fines de la década del 80, hablar de la Internet, la red de computadoras más grande del mundo, ha pasado a ser parte de la jerga común de la clase media norteamericana, de la que antes sólo disponían el Departamento de Defensa de los Estados Unidos, los grandes centros de investigación científica, y las universidades. La Internet está causando una nueva revolución en el sistema de comunicaciones y el acceso a la información.
Gracias a la Internet (que en realidad es una red de redes), desde el teclado de mi computadora tengo acceso a un cúmulo de información que nunca hubiera podido imaginar disponible en mi pantalla. Se calcula que en agosto de 1994, veintiséis mil cadenas formaban parte de ella, y mil más se estaban añadiendo cada mes; en otras palabras, dos millones y medio de computadoras.
Se puede pensar en la Internet como una ciudad llena de gente que camina por ella y que hace todo lo que la gente hace en una ciudad. Por ejemplo: Un estudiante de 7 años de San Diego, California, intercambia correspondencia con chicos de su edad de Israel como parte de una clase de Educación Cívica. Durante el golpe de estado de 1991 contra B. Yeltsin, la mayoría de la información que se filtraba desde Rusia salió por medio de una red finlandesa con miembros en Moscú. Cuando el presidente Clinton dio su discurso de ultimátum a la junta militar de Haití en agosto de 1994, miles de “e-mail” (mensajes por correo electrónico) —entre ellos el mío— fueron enviados directamente a la Casa Blanca para expresar el punto de vista de los remitentes.
De más está decir que el correo electrónico se usa para incontables usos, como pasar chismes y rumores, recestas de cocina o de jardinería, cartas de amor o correspondencia profesional y documentos, comprar pasajes de avión o vender libros y hasta autos usados.
Por medio de la Internet puedo leer cada ley y proyecto de ley que pasa por el Congreso, puedo leer la revistas TIMES, National Geographic, Omni, Informe al Consumidor, entre un centenar de otras, así como sus números anteriores de hasta cinco o seis años. También tengo acceso a los principales diarios del día del país y a sus números anteriores de varios años. También puedo “hablar en vivo” con otros usuarios en cualquier parte del mundo. Y como si esto fuera poco, en la red hay más de dos mil “boletines de información”, donde todos los miembros escriben y leen lo que cada uno tiene para decir sobre un determinado tema, que pueden ir de asuntos especializados de computadoras a pasatiempos como ciclismo o costura, de discusiones políticas a asuntos más intracendentes aún. Por ejemplo, el boletín más popular de la red USENET es el que contiene sólo chistes, donde usted puede leer o escribir el propio sin miedo al bochorno.
Hablar sobre la Internet en tan poco espacio es una tarea tan difícil como conocerla en las pocas horas de la semana que uno dispone para “caminar” por ella. Pero eso sí, con sus frustraciones siempre trae sus satisfacciones. Como por ejemplo, en cuanto termine de escribir esta columna, voy a engancharme a la red y “caminar” por ella hasta el puesto de Pizza Hut más cercano, leer el menú en la pantalla, ordenar una piza con aceitunas negras, doble queso, y una Sprite, y esperar que llegue a casa... ¡No, no vía Internet! Eso todavía no es posible.