No termina allí
Mas el complejo asunto no
termina allí, ha venido escalando hacia más delicadas situaciones.
Durante los cuatro años de este último período de gobierno, suficientes
evidencias han sido expuestas por los medios de comunicación –no
refutadas y menos aún investigadas por los órganos competentes–,
referidas a la dotación de armas y equipamiento militar –fusiles,
granadas, munición y uniformes– a grupos de civiles que han sido
organizados y entrenados por el propio gobierno y por fuera de la
estructura funcional del Estado, para la defensa de sus intereses políticos
de permanencia en el poder; otros grupos que se identifican con la ideología
de gobierno o como soportadores y que públicamente hacen exhibición y
demostración de su equipamiento militar, también reciben apoyo directo o
indirecto de funcionarios del gobierno.
Otra circunstancia que ya
referimos anteriormente, que brinda demostraciones fehacientes de que la
acción de los cuerpos de seguridad en su supuesta guerra contra la
delincuencia, no es la derivada de una voluntad y decisión de la
Administración, al contrario, demostrativa precisamente de la dramática
ausencia de esa expresión de voluntad y decisión de los responsables por
el Estado. Ésta la constituye, la existencia de grupos policiales o
para-policiales dedicados casi en expreso a la captura, secuestro y
eliminación física de ciudadanos comunes tildados de delincuentes,
malandros o azotes de barrio. Que estos ciudadanos asesinados registren o
no antecedentes policiales o penales, no puede ser el argumento que se
esgrima en descargo, puesto que, ninguna costumbre, norma o decisión legítima
del Estado, puede otorgar ni otorga a nadie, tal poder para la aplicación
de la pena de muerte; por cierto proscrita en el cuerpo de leyes. No menos
de un acumulado que supera los cientos de asesinatos es el resultado de
tal ausencia de control en el uso ilegítimo de la violencia letal por
parte de funcionarios adscritos a organismos del Estado, o a entes
para–estatales. Quedó expreso en el comentario realizado en el trabajo,
lo que está en juego en estos crímenes en serie no es en lo absoluto el
bien público, antes por el contrario, evidencias pueden ser afloradas por
cualquiera sea la investigación criminal que se realice, que confirmarían
en cualquiera sea la instancia, el hecho de que estos hechos criminales
están circunscritos y estrechamente relacionados a los intereses de
particulares de operadores estatales o no, sean esos intereses
circunscritos a los propios criminales y ejecutores de las matanzas, sea,
a quienes contratan sus “especializados” servicios.
A tal situación han de
agregarse los derivados de una manifiesta voluntad del Ejecutivo en
función del apoyo a movimientos subversivos o indigenistas
latinoamericanos en proceso de organización de alzamientos o rebeliones.
En especial el caso de la subversión colombiana operando a su libre
albedrío dentro del territorio venezolano y en la zona de la frontera
occidental. Ya el asunto ha invadido buena parte de la zona fronteriza y
en el estado Zulia y Táchira[14] se hacen evidentes la
presencia no sólo de grupos armados colombianos, sino también de grupos
de naturales venezolanos en proceso de organización e implementación de
capacidades bélicas guerrilleras y en operaciones puntuales de cobro de
vacunas, secuestro de ciudadanos, tráfico de armas, drogas, asesinatos y
otros ilícitos. En paralelo con esta situación, al menos públicamente
difundido y sin que haya sido suficientemente refutado por representantes
del Estado, las unidades –civiles y militares– de la fuerza pública
destacadas en la zona fronteriza, paulatinamente han sido reducidas en
efectivos de combate, equipos y financiamiento; despojadas o debilitadas
en sus capacidades bélicas.
[14] Ver a este tenor el
ilustrativo trabajo en dos entregas de Roberto Giusti; El Universal 27 y
28 de abril de 2003, con anuncio en primera y texto en páginas 1–2:
“... Informe confidencial 'presencia subversiva en el Norte de
Santander'... Guerrilla Colombiana sí está en Venezuela...”. Se señalan
en gráficas diez asentamientos de las FARC en el estado Zulia y tres en
el estado Táchira; y cuatro del ELN en el estado Táchira.
|