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El Estado ha sido y seguirá
siendo siempre una creación intangible, inmaterial; es una idea que
radicalmente proscribe el instinto como forma de existencia y de
preservación de la vida en una comunidad de individuos y que distingue a
los seres humanos como superiores dentro del género animal; pero, que sólo
es posible captar, entender y llevar a la práctica por sus propios
beneficiarios, los ciudadanos, seres, además de humanos, racionales. La
idea y concepto tiene un fundamento evidentemente utilitario, el de poner
fin a las luchas del hombre con el hombre y promover una coexistencia
humana pacífica y ordenada: “... La sociedad humana existe como
consecuencia de un orden que es impuesto por el Estado... adquiere, así,
el carácter de una institución fundamentalmente convencional que es
creada para imponer el orden y que puede ser disuelta no bien los
individuos estimen que ya no presta la utilidad que ha motivado su creación...”[4].
Viene a ser el Estado la idea occidental sobre la cual se construye
primero el andamiaje y luego el sólido edificio del gentilicio y de
gobierno de una comunidad de ciudadanos instalada en un territorio
–colectivo que, consciente, consistente y voluntariamente, ha superado
ya con creces la forma de vida de las cavernas, de la organización tribal
y de la feudal–, con miras y con el objeto de alcanzar, en lo interno a
ella y a su territorio, un estadio superior de vida en sociedad y
alrededor de un aceptado y dinamizado fin común; fuera de ella y su
territorio, a la paridad con otras sociedades, gobiernos y Estados.
[4] Juan Carlos Smith; Omeba.
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