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Los caudillos de hoy en
sustancia bastante diferenciados de los del ayer post colonial, se
distinguen precisamente por ese maximalismo en sus pretensiones
–controlar toda, absolutamente toda expresión de poder–, mientras que
a la vez e irremediablemente unido a la pretensión, pese a todos el
esfuerzo aplicado por el caudillo y su corte en el empeño, tienen un
efecto contrario. Minimalista en su expresión práctica sobre las
capacidades del Estado y en cuanto a la satisfacción de los deberes,
obligaciones y responsabilidades que le son inherentes al concepto.
Gobierno, población y territorio, son los tres reconocidos clásicos
componentes de esa idea y concepto del Estado, sobre cada uno de ellos,
por separado en principio luego en escalada por obra de la acción
pretendidamente reguladora del caudillo, se comienza por observar las
primeras y definitivas señales de una ruta hacia el debilitamiento de la
idea y del concepto; por albergar en el seno de cada uno de esos
componentes citados, el germen y las consecuencias desintegradoras. Eso
que denominamos por contraposición, minimalismo.
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