Entonces
Estamos entonces en
presencia de suficientes evidencias que demostrarían a cualquier
observador neutral, que el Estado venezolano, por las causas que fueren
alegadas –cobardía, incompetencia, co-autoría, complicidad o voluntad
expresa de precisos funcionarios en ejercicio de gobierno y en precisas
posiciones de poder–, por años ha venido siendo sostenida y
paulatinamente despojado tanto del monopolio de la violencia como de la
capacidad para hacer la guerra, hasta el punto que, grupos con capacidad
autónoma para el ejercicio y la aplicación de violencia letal,
soportados en la inacción del Estado y prevalidos de tal organización,
equipamiento y capacidad bélica, controlan –o están en capacidad de
hacerlo– parcelas del territorio venezolano, imponen su voluntad sobre
la población residente o de tránsito en esas áreas y ejercen control
sobre algunas actividades de producción, transporte y comercialización
de bienes; además cobran impuestos –vacunas o protección–, legislan
al imponer sus propias leyes donde determinan las conductas sujetas a
penas y administran su propia justicia, dictan y ejecutan cualquier tipo
de sentencia, entre ellas y muy en especial, la de muerte a ciudadanos no
beligerantes. En otros términos, los más significativos y trascendentes
atributos de la idea, del concepto y de la función clásica del Estado
–monopolio de la violencia, legislación, administración de justicia y
aplicación de penas–, en la Venezuela contemporánea están dispersos,
desconcentrados y en manos de actores no estatales –de múltiples
individualidades, grupos e intereses políticos, sociales, económicos,
financieros y militares– sobre los cuales el Estado, además de no tener
ni la información ni la capacidad técnica para disuadirlos, persuadirlos
o neutralizarlos, tampoco tiene la voluntad política mucho menos el poder
y la pertinente capacidad instalada tanto para desarmarlos[15]
como para someterlos a su voluntad. Debilitado, el Estado acepta un poder
compartido, y deberemos admitir en consecuencia lo ya que de ello se
infiere: el Estado venezolano se encuentra en la grave circunstancia
social, política, económica y militar, de tener que enfrentar en forma
asimétrica, disminuido o en igualdad de condiciones, discutir y
contender con otros actores estatales o no, tanto su existencia como su
soberanía.
[15] Ante las múltiples
muertes por armas de fuego al interior de los recintos carcelarios, con
una población total menor a veinte mil procesados y condenados, son
indicativas las declaraciones del Ministro de Interior y Justicia cuando
acepta como normal que al interior de lugares aislados por perímetros
controlados y confinados, y sometidos a estrictas medidas de vigilancia
armada civil y militar, existan tanto armas blancas como de fuego,
granadas militares y munición. Si el Estado no está en capacidad para
desarmar a una población de reclusos inferior a veinte mil y confinados
en cárceles: ¿puede estarlo para desarmar a una población que habita
y transita en todo el territorio de la nación?
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