Masacres de Miraflores, ahora de Altamira
Empastela... empastela...
que algo queda
Leemos en algunos de los
medios de comunicación que nuestra mal llamada “policía científica”
ha anunciado que someterá al ciudadano detenido por la Masacre de
Altamira, al tan publicitado y nada certero “Detector de Mentiras”:
“... El subdirector del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Pe
nales y Criminalísticas, comisario Raúl Yépez, informó que el detenido
será sometido también a la prueba del polígrafo (detector del
mentiras)...” (Rafael Luna Noguera, El Nacional, D12, jueves 121202).
Baste para comentar la
supuesta precisión del citado instrumental, algunos detalles de su
funcionamiento y la bien precaria calidad de sus resultados, que, en
algunas causas han llegado a determinar dos dramáticos e inexactos
extremos de una misma ecuación: tanto la inocencia de un culpable, como
la culpabilidad de un inocente.
También conocido como Polígrafo
fue desarrollado inicialmente en el año 1921 por el estudiante de
medicina John A. Larson. Es un instrumento muy utilizado por los
organismos de seguridad –públicos y privados– en sus investigaciones
y verificaciones preliminares de seguridad, en los procesos de
reclutamiento de personal para cargos de alto nivel de confidencialidad y
confiabilidad y en los casos de manejo indebido de bienes tangibles o no
de una empresa.
Consiste básicamente en
un instrumental y técnica que, durante el desarrollo concurrente de un
elaborado y preciso interrogatorio con preguntas destinadas a respuestas
si ó no, ejecutado por un experimentado e imparcial técnico y en
ambiente de laboratorio, toma registros gráficos simultáneos de la presión
sanguínea, la pulsación y la respiración de la persona sometida a la
prueba; actualmente tiene incorporada la posibilidad de registrar e
imprimir graficas, también en forma simultánea, de la respuesta eléctrica
de la dermis, mediante la medición del flujo de corriente entre dos
puntos de la piel del examinado.
Según el criterio hecho
expreso por Leopoldo López Gómez y Juan António Gisbert Calabuig en su
obra Tratado de Medicina Legal (Saber, España, 1962): “... Acogida en
un principio con entusiasmo esta técnica, parece no haber
suministrado datos de un rigor tan científico como fuera de desear,
debiendo aceptarse con cierta reserva sus resultados...”.
Aún los pocos y más
experimentados peritos dudan de la precisión de los resultados en la
aplicación y el uso del Polígrafo en las miles de pruebas realizadas en
Venezuela, específicamente para la selección de personal crítico por
parte de empresas industriales, financieras y de servicios, o para la
investigación privada de casos de infidelidad del personal de seguridad o
de aquel cuyas responsabilidades pudieren estar sujetas a dudas en la
custodia y el manejo de know how, de las informaciones, los datos o
conjunto de secretos industriales o comerciales, de los documentos, el
dinero o los fondos de esas empresas.
Si bien es cierto que en
los casos de captación, selección y contratación de personal, el riesgo
del error tiene como máxima expresión en sus dos extremos: sea la
contratación e incorporación a la empresa de un sujeto que reune
características que en el inmediato o a futuro incrementará la calidad
de los riesgo y pérdidas para la empresa; sea el descarte de un sujeto
poseedor de un importante y nada despreciable potencial con efectos de
beneficio para la empresa. Ambos errores, antes, durante o después de las
decisiones derivadas de ese tipo de exámen y técnica, son subsanables.
Salvo la decidida y
programada intención de quienes así lo decidan, destinada a burlar la
justicia en el caso que nos ocupa, no existe márgen alguno para el error.
No se trata de seleccionar a una persona para un determinado cargo en una
u otra organización. Se trata de una investigación criminal que está
destinada a evidenciar y probar con precisión en un debate probatorio
ante la jurisdicción, la autoría material del asesinato a tiros de por
lo menos tres desprevenidos ciudadanos y las heridas de otros ventiocho;
producto y consecuencia ello de un ataque indiscriminado, injusto, sin
provocación, traicionero, a mansalva, por motivos futiles; ejecutado
desde el interior de una multitud concentrada superior a las doscientas
personas y con un decidido uso de las ventajas que brindaba terreno y las
que derivan tanto de la sorpresa del ataque como el tipo de instrumento
letal utilizado para cometerlo
Desde cualquiera sea la
perspectiva desde donde nos ubiquemos en la materia de investigación
criminal, imputación, juicio y condena de un ciudadano por ante y por la
jurisdicción por la comisión de arteros asesinatos, no existe valor
probatorio alguno para la acusación o la defensa, para el alegato y la
utilización de este ya desechado instrumental y técnica. Instrumental y
técnica que historicamente no supera ni superará jamás el venticinco
por ciento (25%) de certidumbre. Existen definitivamente cuatro distintas
posibilidades de respuesta las que han arrojado y arrojan los resultados
de la aplicación del Detector de Mentiras en los exámenes dirigidos a
conocer el grado de veracidad o certitud de las respuestas que brinde una
determinada persona sometida voluntariamente a este tipo de prueba:
Derivado directo del
supuesto proceso investigativo criminal sobre la Masacre de
Miraflores, existen ya suficientes y connotadas evidencias que señalan
una definida y constante política del Estado: ocultar la verdad. La
definitiva ausencia tanto de una voluntad manifiesta de los responsables
del Estado en una verdadera administración de justicia, como de una
reacción de la sociedad que se oponga y la imponga; en unos, en el
tratamiento normativo, en el otro, la alarma y consideración social de
los severos problemas derivados tanto de la inseguridad como de la
criminalidad. En este año rondamos ya en el orden de los 35 muertos por
cada 100.000 habitantes, producto esto de la acción de los delincuentes
profusamente y decididamente pertrechados por funcionarios del propio
Estado. No menos del noventa por ciento de esas muertes han sido
ocasionados con armas de fuego.
Ante esas cifras que
revelan el estado de la criminidad en Venezuela, silencio por parte de los
responsables del Estado; el Poder Ejecutivo no actúa puesto que son
“ajustes de cuenta”; el Legislativo, demuestra que no es su problema
tampoco lo es del Electoral; el Judicial, dedicados al acomodo y la
cuadratura política, no supervisa, ni investiga ni condena y el Moral,
definitivamente inmoral, de sus tres integrantes destaca el hacer y dejar
de hacer social, político y jurídico del Defensor del Pueblo:
talibaneando.
Mientras tanto la
sociedad, ante esta mortandad que la aniquila y que supera ya –en cifras
referidas a la población o al lapso sujeto a examen– a cualquiera sean
las que han arrojado y arrojan cualquiera sea el conflicto bélico o
sociedad que examinemos, no reacciona, guarda un silencio de cementerio.
Cada quien, en conjunto y por separado, dentro y fuera de su comunidad
local, como miembro de una manada de borregos pastando en descampado, ve
caer en silencio día a día, hora a hora, minuto a minuto, independiente
de edad, sexo o condición, uno, otro, otro y otro de sus miembros: ¿Hasta
cuándo?.
Lo único que falta es que
además de este infantil cuento del subdirector de la “policía
criminal” sobre el Detector de Mentiras y el resto de las evidentes
maniobras mediáticas (“... 99% de los disparos en la plaza Francia los
hizo Joao De Gouveia...”) destinadas a silenciar la verdad de los hechos
en la Masacre de Altamira, y, por disposición o no del alto gobierno,
ahora, dentro del más depurado estilo del general Belisario Landis
–inventor del concepto–, nos monten la historieta de que, el motivo
por el cual disparó el “señor” o “caballero” Joao, quien fuera
desarmado, capturado in flagranti por los ciudadanos y entregado a la
Policía de Chacao, fue un ajuste de cuentas.
¿No alegó éste la misma
noche de su captura que su acción estaba dirigida contra periodistas
–que no individualizó– de uno u otro canal? Si estaban o no
periodistas presentes en el área geográfica y al alcance los disparos de
su arma y ataque, no pareciera ser gran problema para nuestros ya bien
entrenados y experimentados “criminalo–maquilladores”, puesto que,
hay que complacer al jefe y a la supuesta revolución; en todo caso y a
todo evento, en algún lado de esa plaza estaban los periodistas en el
momento de la Masacre de Altamira. Así que, “criminalísticamente”
hablando: empastela... empastela... que algo queda.
Caracas,
121202
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