Bufones del Terrorismo

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Rafael Rivero Muñoz
Comisario General


Mucho más peligroso que un mono con metralleta

Rafael Rivero Muñoz
Comisario general
Caracas, 280603

Los medios nos reseñan desde ayer el reciente acto de terrorismo del cual fuera objeto la profesora Marta Colomina; algunos de los impresionantes detalles reseñados nos permiten abordar el asunto y tratar de examinar, basándonos en esos limitados datos, algunas significativas particularidades que resaltan en este caso, y que no pueden obviarse ni dejan de llamar la atención.

Terrorismo de Estado

Si bien es cierto que toda expresión material del terrorismo de Estado en el uso de medios de violencia, entre otros, para, en una primera fase, evitar, neutralizar o aniquilar las voces disidentes al interior de un Estado en manos de un gobierno con pretensiones totalitarias, resulta ser un desempeño letal y severamente peligroso para cualquiera sea el ciudadano que pretenda, no ya oponerse formalmente al gobierno, sino simplemente expresar una opinión contraria a los intereses de ese éste; también es cierto que tal desempeño –si es que opera en función de precisos y precisados objetivos y se pretende eficiencia y eficacia– sólo podrá ser ejecutado por unidades de acción entrenadas en estas lides dentro de una concepción precisa de objetivos políticos y por órgano de una estructura sujeta a estricto control en todas sus fases, tareas y estratos de mando, de planificación, habilitación, selección de blancos y momentos precisos para ejecutorias.

También es cierto que, para los afectados reales o potenciales –aquellos cuya conducta pública los ubica en el campo de lo que ha pasado a ser denominado por los interesados, objetivos militares– y para el ciudadano común –quien aún cuando no esté específicamente clasificado como objetivo militar, ha sido, es y será, en cualquiera sea la política de terror y circunstancia o acto de terrorismo del cual se trate, el objetivo por excelencia, puesto que es sobre él y en función de él que se ejecuta esa política– la única forma de sobreponerse a los efectos y más específicamente sobrevivir en tal estado de cosas, es, para los primeros, no brindar jamás ventajas al potencial atacante en el antes, el durante y el después de la acción terrorista, y para los segundos, el ciudadano común, antes que amedrentarse, salir a la calle, invadir los espacios públicos, unirse a sus pares para hacer valer su rebeldía expresa en su presencia, gritar y retar con más virulencia su disconformidad y descontento, puesto que el terrorismo de Estado no ha sido, no es ni será jamás, un problema del otro, de aquellos que se atreven a desafiar al gobierno, es un problema de todos y contra todos los gobernados. 

Detalles de interés

Una fotografía de primera[1] muestra el sitio del impacto de un objeto sobre el parabrisas delantero, en el ángulo inferior derecho (copiloto) del vehículo tripulado por la víctima. Se observa con nitidez el punto central del impacto y el área afectada; se nota que la contundencia del golpe no afectó ni la carrocería, ni la tapa del motor ni el brazo del limpiaparabrisas; tampoco perforó el parabrisas. Una infográfica nos ubica el lugar del ataque, el desplazamiento del vehículo de la víctima y el de los atacantes, y la disposición final de ambos en el momento culminante del ataque.

Marta Colomina (MC): “... Pensé que era un borracho que comenzó a golpearnos por la  parte derecha. De pronto se adelantó otro vehículo. Abrieron las cuatro puertas y se bajaron al estilo Rambo... Pude ver uno blanquito, gordito y de cara redonda. Los demás tenían pasamontañas...”[2]

“... Una fuente ligada a las pesquisas informó que la 'estrategia utilizada por los encapuchados obedecía a un entrenamiento táctico donde se apreciaba conocimientos sobre operaciones de alto riesgo, toda vez que habían varios anillos con objetivos perfectamente definidos. Obviamente ese tipo de trabajo solamente lo ejecutan personas que han recibido entrenamiento para esa actividad...”[3] 

“... Al parecer el hombre que había sido comisionado para accionar la bomba incendiaria se puso nervioso al bañarse con el carburante los guantes de latex... Sin embargo, la gasolina se derramó sobre la parte delantera del vehículo. Otro grupo con armas cortas..., se encargó de apuntar al conductor y a la pasajera. El resto complía misiones e contención a lo largo de la vía...”[4] 

MC: “... a escasos 150 metros del semáforo que antecede al canal, un vehículo blanco, estacionado al lado derecho de la avenida Rómulo Gallegos, arrancó y se colocó al lado de su automóvil para empezar a golpearlo donde se ubica el copiloto... Nos acorraló inmediatamente, abrieron sus puertas y armados se bajaron cuatro hombres como rambos...”[5]

Hectos Riera (HR) “... El vidrio del automóvil recibió el impacto de un botellón de vidrio de 19 litros, como los de agua, con la diferencia de que en su interior contenía gasolina... después que se vió obligado a detenerse, uno de los individuos que se bajó del carro que los interceptó –el único que no tenía pasamontañas ni guantes– intentó encender la estopa que fungía como mecha con un fósforo. 'Pero no pudo, logré retroceder en ese momento, y creo que entonces se puso nervioso, por eso nos lanzó el botellón...”[6]

Liliana Velásquez (LV): “... Un carro oscuro y pequeño nos pasó, atravesándose entre el carro de la profesora y en el que yo viajaba... Empezamos a tocar corneta. En ese instante, el guardaespaldas activó los parabrisas y fue entonces cuando pudo retroceder y arrancar...”[7]

Manuel Andara Clavier (MAC): “... señaló que se trataba de una 'bomba molotov gigante'. 'Porque alrededor del pico encontramos una bolsa de plástico, y dentro un pedazo de estopa... él y parte de su equipo se trasladaron, apenas conocieron la noticia, al frente del barrio La Lucha..., lugar donde ocurrió el incidente, para levantar las evidencias que quedaron allí. 'Recogimos con mucho cuidado los pedazos de vidrio de mayor tamaño que quedaron del botellón, así como su pico. Era de madrugada y no queríamos que se contaminaran cuando el tránsito se congestionara. Se los entregamos a los funcionarios del cuerpo de policía judicial central...”[8]

Síntesis

Salvo informaciones ulteriores que modifiquen la percepción del asunto, resulta indiscutible que han de separarse de lo reseñado, las informaciones de las especulaciones. Las primeras nos indican que el ataque fue realizado por un único vehículo tripulado por cuatro sujetos portando armas largas, tres de ellos se cubrían la cabeza con pasamontañas; las segundas, abordan opiniones, pareceres y especulaciones de relatores o de supuestos investigadores que acudieron al lugar con posterioridad.

Basado en esta inicial apreciación, veamos los detalles a los cuales nos hemos referido.

Antes del ataque

Resulta indiscutible que la rutina diaria e inalterable en tiempo y en espacio de un potencial objetivo, facilita enormemente tanto la preparación como la ejecución de un atentado. Pero también resulta indiscutible que para que ello haya sido determinado y comprobado, ese potencial objetivo debió haber estado sometido a un programa de observación, seguimiento y verificación tanto y en cuanto a sus horarios estandarizados de desplazamientos, como en lo que se refiere a las rutas y los lugares de y hacia los cuales regularmente se desplaza, y aquellos donde permanece por determinados tiempos. Cabe entonces preguntar: ¿Quién dispuso la ejecución de tal programa?; ¿desde cuándo se realiza tal programa y bajo la responsabilidad de quién se encuentran los resultados –informes, fotografías, videos o películas– del trabajo?; ¿quiénes, sobre el terreno, han realizado tal programa de seguimientos y de chequeos?; ¿existe control permanente y preciso de actividades sobre todos y cada uno de los ejecutores del programa referido a este preciso objetivo?; ¿de no ser así, dónde están todos y cada uno de quienes han intervenido en la ejecución, sobre el terreno o en la administración del programa? 

Durante

No se requiere haber estudiado el “Minimanual del Guerrillero Urbano”[9] o haber respondido las “Ciento Cincuenta Preguntas a un Guerrillero”[10], puesto que resulta extremadamente fácil para cualquier interesado hacerse de una botella, llenarla de combustible, ponerle una mecha, encenderla y lanzarla sobre un blanco cualquiera a una distancia superior a los siete metros. Cuando tal operación se ha de realizar sobre vehículos –blindados o no–, se requieren otros componentes, con técnicas mucho más y mejor elaboradas. Algo que, aún cuando tiene la misma botella, la misma mecha y la misma gasolina como componentes, requiere de otros. La molotov no ha sido jamás suficiente –aún cuando logre impactar y encender el combustible sobre el blanco– para detener un vehículo de pasajeros. Si el conductor y los tripulantes están entrenados o enterados de las limitantes de este tipo de ataque, basta con no entrar en pánico, permanecer dentro del vehículo, no bajar los vidrios y seguir adelante a la máxima velocidad que le permitan las circunstancias, para que la gasolina se desplace sobre la superficie y se consuma el resto sin afectar los que están en  el interior del vehículo.

Hemos empleado para la molotov el verbo lanzar –un objeto incendiario relativamente liviano, de fácil manipulación, a una distancia superior a siete metros–: ¿Puede cualquier interesado levantar del piso sin peligro para sí y lanzar una botella de vidrio lizo sin agarradera –de un radio de 28 cm., alto de 40 cm. y con un peso superior a los diez kilos–, llena de combustible y con una mecha encendida; para lo cual, como mínimo, requiere suficiente fuerza, el uso de ambas manos y hasta el apoyo del pecho para transportarla?; ¿dónde fueron entrenados?

En cuanto al despliegue de la fuerza atacante comentado por las víctimas: una vez interceptado el vehículo objetivo, se abrieron las cuatro puertas y se bajaron los cuatro atacantes, tres de ellos cubiertos con pasamontañas; un cuarto saca un botellón y trata de encender una mecha con fósforo y no pudo, opta por levantar la botella y lanzarla contra el vehículo y no alcanza a impactar más que el punto más resistente del parabrisas. ¿Qué unidad de combate es ésta, que en plena acción violenta su capacidad de escape desde el momento en que el conductor abandona su puesto en el vehículo?; ¿dónde la entrenaron?; ¿qué unidad de combate es ésta que utiliza un vehículo de igual o menor peso y potencia para embestir o arrinconar a otro vehículo?

Un despliegue de armas cuyo único objeto era el de amedrentar a una víctima que conocían a cabalidad, puesto que durante un tiempo la han seguido y vigilado para conocer sus movimientos, capacidad de resistencia y de contraataque: ¿Intimidar?; ¿quién está más amedrentado luego del ataque?

Después

El más relevante evento posterior al ataque, lo constituye la acción realizada por el personal de seguridad privada que acudió al lugar el ataque y procedió a recoger “con mucho cuidado los pedazos de vidrio de mayor tamaño que quedaron del botellón, así como su pico” y luego según afirman olímpicamente, “los entregamos a los funcionarios del cuerpo de policía judicial central”. Definitivamente, zapatero a tus zapatos.

Teniendo a la mano capacidades para aislar la escena, llamar y requerir la presencia de una autoridad competente en la materia y hacer entrega de ésta a los efectos ulteriores; paralelamente, solicitar la presencia de un equipo de reporteros para cubrir la incidencia antes y durante la actuación policial, se optó por hacer lo que no se debía hacer. Es decir, en términos prácticos, se le brindó mucho más ventajas de las que ya poseen, a quienes potencialmente pudieren resultar responsables del ataque.

Mientras observamos que en el desempeño del conductor antes y durante la emboscadas, algunas deficiencias son notables; que éstas no tuvieron mayores consecuencias no por la acción del conductor, sino por la suerte, la falta de decisión e incapacidad de los atacantes; experiencia sobre la cual deberían trabajar quienes tienen la responsabilidad de la seguridad privada. Nos encontramos con un evento que difícilmente tenga explicación.

Para exponerlo en pocas palabras. En el eventual caso de que alguna evidencia pudiere ser obtenida del examen de los restos de la botella recolectados en la escena del hecho, éstos no podrán ser de ninguna utilidad, puesto que tales elementos no fueron fijados en la escena, no fueron recolectados, preservados y transportados por el personal jurídicamente habilitado a tales efectos; en consecuencia, la contraparte, si es que alguna vez se llegare a investigar e identificar algún sospechoso, alegará que tales experticias carecen absolutamente de valor, puesto que nadie –Fiscal incluido– podrá sustentar jurídicamente la validez de la relación de uno o de varios de los pedazos de vidrio con la escena del ataque.

Concluyendo

Ya en una nota anterior hemos suficientemente sustentado que el Estado está incapacitado para materializar el ius puniendi y de allí la impunidad ante la acción letal de la delincuencia –política, común u organizada– y hemos relatado en este ejemplo, un evento más del origen de tal circunstancia. En otra nota, argumentos fueron expuestos para sustentar el criterio de que el gobierno no controla ya a los grupos armados sean autóctonos o importados –hasta el punto de que está obligado a compartir soberanía al interior del propio territorio sobre el que supuestamente gobierna–; el caso que hoy nos ocupa, confirma tales apreciaciones puesto que no existen sino dos posibilidades: a) el gobierno está detrás y es responsable del ataque a la profesora Marta Colomina; b) el gobierno no tiene responsabilidad alguna en el ataque, en cuyo caso, se trata entonces de un grupo autónomo operando a su propio albedrío.

Por acción en el primer caso, por omisión en el segundo, el gobierno sin embargo resultará a la larga responsable por que, desde el momento en que no controla a los grupos armados afectos, tampoco puede controlar a quienes pudieran señalar como desafectos; a ninguno el gobierno se atreve a llevar ante los tribunales, juzgarlos y condenarlos. A los primeros porque les tiene pánico, no tanto por lo que puedan hacer sino por lo que puedan decir, no sólo los ha financiado y armado, –y eso es un asunto que podría quedar evidenciado en caso de ventilarse los hechos en un juicio público–, sino que los necesita y por ello mantiene relaciones políticas, operacionales y financieras; en cuanto a los segundos, el gobierno, en manos de ignorantes, no tiene capacidad alguna para identificar, ubicar, investigar y hacer juzgar a nadie, salvo que la investigación y el juicio se adelanten sobre la base de un férreo control y de la descarada presión política directa sobre la policía, la fiscalía y los tribunales. Por los hechos ya referidos en notas anteriores, complementados con este ejemplo, el gobierno perdió la capacidad para, técnicamente, probar algo y llevar a juicio y condena a nadie.

Estas circunstancias permiten asegurar que el problema de los ataques contra eso que llaman los afectos al gobierno objetivos militares –que todos tratamos de sintetizar, de ver, entender, explicar y encerrar en el vocablo terrorismo–, está en manos de aprendices de brujo, de estos bufones del terrorismo, y viene a plantear un problema complejo de mucha mayor envergadura para los sistemas de seguridad que se pretendan o que se implementen por la empresa privada y en beneficio de potenciales víctimas; y en cuanto a la seguridad pública, viene a resultar una intrincada maraña de riesgos indefinibles para la población, de mucho más delicado y peligroso tratamiento que lo que, gráficamente, significaría en medio de una multitud, un mono salvaje con una metralleta en la mano.


[1] El Nacional y El Universal; sábado 28 de junio de 2003
[2] Gustavo Rodríguez; El Universal, sábado 28 de junio de 2003¸ pág. 1-2
[3] Gustavo Rodríguez; cit.
[4] Gustavo Rodríguez; cit.
[5] Karenina Velandia, “Atentaron contra Marta Colomina con una 'bomba molotov gigante”. El Nacional sábado 28 de junio de 2003; pág. A2
[6] Karenina Velandia; cit.
[7] Karenina Velandia; cit.
[8] Karenina Velandia; cit.
[9] Carlos Marighella
[10] General Alberto Bayo
 

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